Todas las cosas en la vida tienen un principio y un fin. Todas las cosas en la vida tienen una primera vez y yo el miércoles tuve mi primera vez: Iberia me perdió la maleta. No en vano tiene el “mérito” de ser la compania aérea europea que más maletas pierde y, entre ellas, la mía.
Ya no es el mal cuerpo que se te queda, ni que tengas que pedir un cepillo de dientes por caridad en el hotel, son esas cosas que, por un breve (o no) espacio de tiempo andan perdidas por ahí. Tus cosas. Tuyas y de nadie más y que, debido a la ineptitud de quien sea (me da igual), puede que esten en manos de “otra” persona, de “cualquier otra persona” que no seas tú (o sea, yo).
No me importaba la cuantia económica de todo lo que iba a perder, tampoco que nada mas llegar tuviera que irme de compras en una ciudad totalmente desconocida para mi, lo que verdaderamente me desquiciaba (si eso fuera posible porque estaba agotado y con un tremendo dolor de cabeza que no quiso perderse la fiesta), era no volver a ver mis Evisu, mis camisetas favoritas regalo de DKNL (la de Anna Wintour vestida de Guadalupana con manto de Louis Vuitton me hacía llorar cada vez que se me aparecia cual si fuera la auténtica que se le apareció al indio Juan Diego pero versión 5th Avenue), mis Converse amarillas (poco mas puedo decir…), mis tres chapas favoritas…
Y es que uno nunca piensa que estas cosas le pueden pasar. Mi amiga B, que es muy fashionista y muy suya, jamás viaja con su ropa favorita. Siempre con ropa, digamos, serie B y así se ahorra el posible disgusto de ver su maleta rulando por esos mundos de Dios. El caso es que yo no tengo cuerpo. Ya me cuesta dejarme cosas. Pienso que las maletas deberian ser tan grandes como aquello que le quisieras meter dentro (dicho asi parece que este post lo este escribiendo Indhira de GH11) y tan leves como un folio para poder acarrearlas por medio mundo sin que la espalda te mate a dolores.
Pero como casi todas las cosas en la vida, esta tambien tuvo un final y, en este caso, feliz. Mi maleta apareció al dia siguiente y encima las Líneas Aéreas de Espana me indemnizaban con 50 euros que, eso si, deberia gastarme en ropa. Pues ya ves que sacrificio…
En fin. Bien esta lo que bien acaba. O eso dicen.
Pasado el incidente de la maleta, vivo en una Babel gritona y estresada. En este pais parece que los estresados sólo somos los de fuera. Los portugueses no conocen la prisa. Hasta que te subes en sus taxis y te encomiendas a todos los santos del cielo. Mi chofer de los dos primeros días era muy guapo y sonreía amablemente a las siete y media de la manana cuando me esperaba a la puerta del hotel y yo, aun conmocionado por el incidente de la maleta, pense que todos los choferes portugueses eran igual de amables y de guapos. El tiempo, que da y quita razones, me puso en mi sitio.
Todavia no he visto nada de la ciudad. Espero poder ponerme a patearla este fin de semana. El hotel esta en el puro centro, es un edificio del siglo XIX rehabilitado con los tipicos azulejos en la fachada y esta ubicado en un barrio lleno de galerias de arte y tiendas de ropa “alternativa” (o lo que aqui entienden por tal). Ya veremos.
Fin de la primera cronica.
No garantizo que haya mas porque este ordenador con teclado portugués me pone muy del hígado…
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