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La justicia y la elegancia



Todo parece indicar que las personas hemos empezado a perder capacidades básicas propias de la vida en sociedad. Como ya se ha dicho por aquí, los gobernantes han tirado la toalla en materia de educación, así que lo que nos recetan son leyes que rigen cada uno de los pasos de nuestra vida cotidiana, desde el uso del teléfono móvil hasta cómo y cuándo podemos tomar un baño en la playa.

Pero si vamos un poco más lejos, comprobamos que no sólo se nos dictan leyes que encorsetan nuestras actividades públicas, sino que las privadas también se ven sujetas a la continua revisión por parte de la justicia. Todo esto con el agravante de que lo hacemos por voluntad propia.

En cierta medida a lo que estamos asistiendo, casi sin darnos cuenta, es a una judicialización permanente, no ya de la función pública, la cual no parece tener más mecanismo de control que el que impone el Poder Judicial, sino de la propia vida privada. Quién más y quién menos tiene un asunto en vías de resolución en sede judicial. Incluso empieza a ser síntoma de categoría social ir afirmando por ahí cosas como “es que le he puesto un pleito a fulano porque me debía cinco mil euros”. Viste mucho eso de tener abogado. Además al letrado se le tiene que tratar en posesivo: “Mañana tengo reunión con mi abogado”, más aún cuando son varios: “Mis abogados le van a poner una demanda al pavo este que se va a cagar”, con perdón.

Esto tener muchos abogados y llevar a juicio a todo el mundo empieza a mostrar síntomas de moda. Una suerte de tendencia que pasa por ir recetando juicios o amenazas de pleito como método de entendimiento entre los individuos. “O haces lo que yo quiero o te pongo una denuncia”, parece ser la consigna que corre de boca en boca sin caer en la cuenta de que se trata de un recurso de última instancia y no una práctica habitual de entendimiento entre las personas.

Dicho de otra forma, ir poniendo juicios a todo el que nos saluda, o nos deja de saludar, no es elegante. Lo realmente elegante, amén de inteligente, es llegar a acuerdos. Aunque quizá de tanto ver al famoseo engrandecerse por la vía del juicio nos creemos que es lo lógico, lo moderno. “Si Belén Esteban va de juzgado en juzgado, yo no voy a ser menos”, es la motivación de algunos. Más aún ahora que vemos a miembros de la aristocracia -mayormente a los aristócratas de braguetazo- demandando a sus semejantes. Entonces ya hasta tiene que ser elegante eso de pleitear continuamente.

Ya el mítico alcalde jerezano, Pedro Pacheco, certificó hace años aquello de “la justicia es un cachondeo”. Ahora lo único que estamos es asistiendo a la entrega de nuestra capacidad para llegara a entendimientos, negociar o incluso convivir. Por eso queremos dejar en manos de un tercero, especialista en interpretar leyes, las decisiones que no queremos o no podemos tomar, cuando no lo que buscamos es algún tipo de revancha o resarcimiento contra el prójimo.

Ayer me contaba una amiga que ha sido demandada diecisiete veces en un mes por su antigua pareja. Yo me inclino a pensar que lo que pretenden este tipo de individuos es recuperar en el juzgado lo que no fueron capaces de conseguir en la casa… o en la cama.

- [Fuente Original]

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...por Redacción


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