
Hace tiempo que llevo dándole vueltas a la posibilidad de dedicar unas líneas a la Casa Real de España. Dada mi inclinación innata al vilipendio, lo lógico hubiese sido empezar por Letizia Ortiz, conocida entre el vulgo, al que ella perteneció hasta hace unos años, como La Leti. Sin embargo, la actualidad, los acontecimientos y las ganas de entrar en el fuego cruzado abierto tras sus declaraciones a Pilar Urbano, me llevan a estrenarme con la Reina.
A mi esta señora siempre me ha parecido una persona de lo más correcta. Educada para ser reina desde su más tierna infancia, Sofía de Grecia, a cumplido a pies juntillas su papel en la vida.
Su imagen austera y a la vez con cierto estilo, sus gestos absolutamente estudiados, impertérrita casi en todo momento, quizá sólo en alguna boda y en el funeral del padre de Juan Carlos de Borbón haya soltado una lágrima. Quién sabe si también por necesidades del guión.
La cuestión es que la Reina me genera cierta simpatía precisamente por eso, por ser fiel a aquello para lo que fue formada. Muy lejos de esta nueva pléyade de jovencitos herederos de los grandes tronos europeos con novios y novias surgidos como de cuentos populares: El príncipe y la doncella, y cursiladas muy del estilo Pretty Woman. De esas que tanto aplaude la progresía porque demuestra la “modernización(sic) de la institución”.
Curiosamente ahora que la supuesta modernización del sistema de gobierno más antiguo que se conoce, esto es, la realeza, es casi un hecho, consumado por diversas vías como pudimos ver en El Jueves. Resulta que a los mismos que aplauden lo de las bodas intersangüineas –azul con roja, naturalmente-, se molestan porque Sofía de Grecia dé unas declaraciones de lo más coherentes a la autora de un libro. Esto no hay quién lo entienda.
La modernidad para los casamientos “por amor” –o por calentón, si se tercia-, por supuesto, pero lo de que los monarcas den declaraciones, más aún si es acerca de los derechos y comportamientos del “oprimido” colectivo de los homosexuales, eso sí que no. Imagino que si hubiese dicho que la Iglesia es caduca, retrógrada y que debería permitir las bodas de blanco y chaqué de las personas del mismo sexo, estos mismo habrían salido defendiéndola a capa y espada.
Sin ir más lejos, Santiago Carrillo, dice que “me parece imperdonable que la Casa Real no haya evitado que salgan a la luz estas declaraciones”. Lo cual en tiempos de Franco se denominaba “censura”, pero puesto en boca de los “perseguidos” de aquella época creo que lo denominaríamos “control democrático”.
Para rematar el tema el portavoz del PP, Esteban González Pons, dijo algo así como “la Reina es como la bandera, va a los actos públicos pero no dice nada”. Ahí es donde yo me indigno. Porque una bandera, una buena bandera rojigualda colgada en el Paseo de la Castellana no debe costar más de 100 euros, pero esta familia nos cuesta unos 10 millones de euros al año y, encima, mejor que se queden calladitos.
Cada día estoy más perdido con esto de la monarquía española. A pesar de los denodados esfuerzos de Sofía de Grecia por agradar a propios y extraños, esto ya no se tiene en pie. Su elegancia, fruto de la fidelidad incorruptible a los usos, costumbres y valores que le inculcaron desde la cuna, se ven eclipsados ante una sociedad cada día más cambiante.
Aunque no sea el momento, porque probablemente nunca lo será mientras prime lo políticamente correcto y el arañar votos de donde sea, el debate hay que abrirlo. Ya esto no es un asunto de izquierdas o derechas, de monárquicos o republicanos, sino de lógica elemental. Doña Sofía debe pasar a la Historia como la última reina de España y, así, sin más polémicas estériles y absurdas, darle el lugar que se merece a esta señora verdaderamente elegante.
P.S. Más sobre mi visión del tema aquí.
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