
No lo tuvo fácil Mariano Rajoy en sus primeros pasos como delfín del aznarismo. Desde el 11-M, que fue “una patada a Rajoy en el trasero de Aznar”, como dijo algún analista, hasta la utilización partidista de todos los resortes del poder realizada por Rodríguez Zapatero durante cinco largo años para apuntalarse en Moncloa. Sin embargo, desde que cayera derrotado sin paliativos en las generales del año pasado, el registrador de la propiedad es un cadáver político andante.
Por fortuna o por desgracia Rajoy es un muerto muy aséptico. Ni siquiera huele por mucho que la podredumbre democrática le rodee. Tampoco sangra porque las batallas más cruentas se libran en sus alrededores, no en la propia Génova. No se lamenta porque ya su expresión viene siendo una continua lamentación. Simplemente se mantiene dentro del féretro al que quizá le condenó su propio mentor.
No quiero entrar a valorar el vacuo episodio de Caja Madrid, que no es más que la confirmación del certificado de defunción política de don Mariano. Aunque vale la pena resaltar el fruto que está dando el trabajo abyecto y entregado de Esperanza Aguirre en pos de su máxima ambición personal. Alberto Ruiz-Gallardón tampoco le anda a la zaga, aunque actúa más por reacción que pro acción, dado que su apuesta es más a largo plazo.
Rajoy sigue sin darse por aludido, es decir, por muerto. Así que deambula por los estrados y los atriles como si siguiese vivo. Porque si los inicios fueron duros, en honor a la verdad, su último año debería haber sido un paseo triunfal. Con el sombrío panorama de una economía hundida, un paro galopante, un gobierno que sólo da palos de ciego y que cada día se debilita un poco más, el PP debería haberse constituido en la clara alternativa para tomar las riendas de un país a la deriva.
Pero no ha sido así. Porque Rajoy, entumecido ya, es incapaz de generar ilusión dentro de sus propias filas. Menos aún esperanzar al votante indeciso asqueado que a lo máximo que aspira, a día de hoy, es a quedarse en casa si hubiese elecciones.
Este hombre, quizá en estado catatónico, no tenga más salida que continuar luciendo su muerte por doquiera que vaya. Aunque a lo mejor se organiza su propio entierro y empezamos a ver la luz al final del túnel.
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