La historia y la tradición han consagrado el blanco como el color por excelencia para el traje de novia en occidente. Este tono, además de simbolizar la pureza y la virginidad de la mujer; también señalaba su estatus social.
Uno de los vestidos con más carga simbólica es el que usa la mujer en la ceremonia de la boda, ya que habla de su personalidad y buen gusto. En occidente, este traje concentra la atención desde el momento en que se comienza a planear el evento.
El color y el estilo del vestido dependen de la religión y de la cultura de la pareja. En la tradición occidental el color emblema del traje de novia es el blanco y sus variaciones en huevo, marfil o crema.
A lo largo del tiempo, el vestido blanco devino en simbolización de pureza, virginidad e inocencia. Y no sólo esto, sino que además el tono y la confección del traje de novia era un indicador de poder económico y de status social, ya que poder obtener un vestido blanco con todas las pompas típicas, es decir, mucha tela, adornos y accesorios, costaba mucho y era un privilegio de pocas.
Entre otras coyunturas, el blanco se erigió como color protagonista desde que en 1840 la reina Victoria del Reino Unido usó uno en ese tono para casarse con Alberto de Saxe-Coburg. La foto oficial de la boda fue difundida y muchas novias comenzaron a seguir la moda del color.
Antes del periodo victoriano, las novias podían casarse vestidas de cualquier color excepto de negro, por ser el color propio del luto, o de rojo por estar relacionado con la prostitución.
El uso del tocado, por su parte, se asienta en la tradición que simboliza a las flores como la condición de la virginidad.

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